miércoles, 5 de mayo de 2010

Empatía

Intento a ratos pensar qué haría si me topara con alguien muy cercano y querido en la situación en que hoy me encuentro yo, con la tristeza a cuestas y con la convicción de que nada tiene sentido. Seguramente mis reacciones podrían ser muchas, en función del perfil de ese alguien cercano y querido. Si ese alguien se pareceiera a mí, creo que tendría que abrazarle y, al mismo tiempo, permitirle hundirse en esa tristeza, tocar fondo, dirían algunos. Sé que ese alguien, si se pareciera a mí, insisto, escucharía de buena gana los consejos de los demás, pero estaría pidiendo un poco de espacio para explorar las tinieblas de su melancolía. El mundo, sin embargo, insiste y hace que todos insistan en huir de esa nostalgia. Todo menos estar triste, parace ser el lema. Digan lo que sea, yo sólo sé que me siento fatal pero que así es como necesito senirme, pues de ninguna otra manera podría aceptar que me sintiera. ¿Suena sinsentido? Quizá así sea, quizá, como tantas cosas en mi vida, no hay lógica válida detrás de semejantes planteamientos. Y qué más da. Lo que me pesa es cargar con ese mundo que me he construido. Ese mundo que espera tanto de mi y al que no encuentro el modo de hacerle frente. Necesito aire, espacio, tiempo. Conozco de sobra lo que habrán de decirme: que no te importe, date tiempo, tú eres lo más importante. No dudo que lleguen incluso recetas para lograrlo. Pero me siento tan débil, tan frágil. Quisiera que el mundo solo se viniera abajo. Que fuese una repentina e intensa corriente la que me arrastrara. Que no hubiese alternativa. Que esos finales sucedieran sin necesidad de mi voluntad.

72 horas depués...

... estoy estallando en llanto. En los últimos tres días apenas hubo conatos que terminaron con un abrazo, con una palabra de aliento o con un intento de evasión que cumplió su objetivo. Pero ahora, nuevamente solo en medio de este desierto, lejos de casa otra vez, la realidad se me viene encima con toda su inevitabilidad. Lloro. Y puedo decir que vivo el momento más oscuro y doloroso de mi vida hasta hoy.

martes, 4 de mayo de 2010

Palabras

Lo he dicho ya alguna vez de alguna forma. Pero nunca como hoy es cierto: las palabras no me sirven. Intento decir algo sobre lo que pasa. Sobre lo que siento. Sobre el dolor, sobre las dudas, sobre las ganas. Y creo que aquí dentro todo podría explicarse de alguna manera. Pienso las ideas y parece evidente que tienen nombre, que pueden articularse de alguna forma. Pero en cuanto intento convertir eso a palabras, todo se viene abajo. Si intento hablar, me enredo, me tropiezo con mis vanos intentos y, en el mejor de los casos, termino diciendo algo que poco tiene que ver con lo que buscaba externar originalmente. Si intento hacerlo por escrito, termino —como ahora— divagando, conduciendo mis disertaciones por caminos que, si bien pueden resultar de cierto interés para alguien, poco tienen que ver con lo que me sacude y me revolotea en la cabeza y en el corazón.

Y así, estas palabras no son sino una evidencia más de lo que he escrito. Lejos de lo que me gustaría —necesitaría, quizá— decir. Racionalizando una vez más todo. Acomodando el dolor en silogismos. Disfrazando esta confusión con frases rebuscadas. Incapaz de simplificar las cosas y decirlas como son. Y es que, ¿cómo son?