jueves, 6 de septiembre de 2018

Adiós

Nota desde el presente futuro. Desconozco la fecha exacta en que escribí esto. Se quedó en el borrador. ¿Fue a propósito? Hoy han pasado 6 o 7 años y no lo recuerdo con exactitud. Pero ahora que lo he vuelto a leer, confirmo que merece ver la luz. Allá va.

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Y de pronto, con la misma fuerza inesperada con que apareciste, decidí que era mejor borrarte. Le di muchas vueltas y quizá sea eso lo único de lo que me arrepiento. Pero, tú comprenderás, no es fácil encontrar las palabras para decir adiós cuando el destinatario de las despedida ha entregado como tú o cuando resultaba tan fácil sentirse bien a tu lado.

El hecho es que, después de todo, llegamos al final.

Y, a pesar de lo difícil que fue dar el primer paso de esa última caminata juntos, nada más alejarme después de esa última mirada fue darme cuenta de que ya te había olvidado. Vale, no olvidarte en el sentido de borrarte para siempre, pero sí entendiendo ese dar vuelta a la página, consciente de que eres parte del pasado.

Pronto —demasiado pronto quizá— empiezo a notar esas cosas que debo agradecerte.

Te agradezco, por ejemplo, haber neutralizado el significado de ciertos lugares. Asociarlos ahora contigo anula asociaciones previas. Territorios que tenía anclados en cierta dirección se han vuelto neutrales.

Pronto —quizá no tan pronto como hubiese creído— empiezo a notar aquello que echaré de menos.

Echaré de menos, por ejemplo, la forma en que sabías enredarte en cuerpo convirtiéndote en hiedra mientras me invadías. Esa forma de hacerme convertir cada poro de mi piel en un volcán.

Te agradezco obligarme a ser sincero. Y agradezco también esa sinceridad a veces hasta dolorosa con que solías mirarme.

Echaré de menos lo fácil que resultaba decir ciertas cosas. Y echaré de menos la sencillez con que podíamos mirar nuestra desnudez.

Al final, son esas cosas que agradezco un día, las mismas que seguramente echaré de menos al día siguiente. Y viceversa.

No sé qué venga mañana para ti ni para mí. Solo espero ser capaz de borrar de cada instante lo que echo de menos, sin borrar esos pequeños detalles que te agradezco.

¿Lo quiero todo y su contrario, verdad? Ya sabes, no cambio.

domingo, 21 de agosto de 2011

19.08.2010

Tenía no pensado volver por aquí, al menos por un buen rato. Pero de pronto resulta inevitable. Quizá nadie del otro lado leerá estas palabras, pero el simple hecho se soltarlas, dejarlas disponibles, me hace sentirme un poco más ligero. Casi incluso escuchado.

El viernes me topé inesperadamente con un recordatorio de un pasado que siempre fue presente y que dejé morir por miedo al futuro. Un pedazo de papel fechado el 19 de agosto de 2010. Puede parecer irrelevante, pero toparse con esa fecha cuando es 19 de agotso de 2011, me pareció fascinante. Al inicio, al menos, porque después se tornó doloroso.

Y es que el 19 de agosto de hace un año no fue un día cualquiera. Ese día conocí fronteras que creí me estaban negadas. Crucé un umbral y descubrí del otro lado un yo que era capaz de lo inimaginable, un yo que podía ser feliz.

Y desde ese día tuve miedo. Miedo de mí y de esa posibilidad de ser feliz a lado de alguien.

Quizá ella notó parte de ese miedo. Y quizá por eso me invitó a dejar de lado el futuro. A convertirnos en un presente perpetuo. Y eso intenté. Pero mis pesadillas suelen ser más fuertes que yo mismo. Los fantasmas que me rondan supieron apoderarse de ese hoy y colaron sus absurdas visiones de mañanas donde reinaba el dolor.

Sí, el miedo ganó la partida. De poco sirvieron los amaneceres. La eternidad tomó el rostro de un atardecer. Hermoso, sí, pero finito, anunciando siempre un 'nunca más'.

Inevitable preguntarme qué es hoy de la otra mitad de ese presente que hoy es un lejano pero poderoso pasado. Quise escarbar un poco. Egoístamente, sí, pues no tengo derecho a ir i remover el ayer impunemente. Desde que di el primer paso en esa dirección, lo estoy pagando con un silencio ensordecedor que no deja de recordarme que hubo un día en que conocí la luz y que esa luz pudo ser para siempre.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Cosas horribles

Llevo días con las emociones un poco más a flor de piel que de costumbre. Frágil.

No han sido día malos. Y eso, ya se sabe, siempre me confunde. Cuando las cosas pintan bien, sospecho que alguna desgracia se fragua a mis espaldas.

Aún no me repongo de las aventuras en las que involucré a mi corazón en los últimos 12 meses y ya empiezo a rondar fronteras peligrosas.

Tengo miedo. Porque siento que la desgracia me acompaña y me molesta anticipar que el precio por unos instantes de felicidad ha de ser siempre un profundo dolor. No solo en mí, sino —sobre todo— en quien termina siendo sujeto de mi afecto.

Como afirma Hajime en Al Sur de la Forntera, Al Oeste del Sol: «A veces, hay personas que pueden herir a los demás por el solo hecho de existir.» O como Alejandra a Martín en Sobre Héroes y Tumbas: «Yo no puedo dominar cosas horribles que tengo dentro.»

domingo, 31 de julio de 2011

Qué ganas de refugiarme en mi túnel. ¿Acaso existe?

¿Qué hice? ¿Qué movimientos provoqué con las acciones de este fin de semana?

No lo habría anticipado. No tengo claro qué me movió, solo sé que hoy las cosas se han vuelto mucho más confusas. Si ayer había algunas dudas en mi cabeza, hoy es un hervidero de interrogantes.

Demasiadas cosas. Unas ganas inmensas de llorar. Tantas lágrimas contenidas.

La magia y la incertidumbre se cruzan y me quedo paralizado.

Por un lado, agradecido. El diálogo desde el presente con una pieza importante de un pasado que hoy parece tan remoto, resultó poderoso.

A decir verdad, creo que me comporté torpemente, como adolescente. ¡Dios, en verdad estaba nervioso! A pesar de que ella lo hizo tan fácil. Logramos encontrar una forma de fluir y comprendí que realmente nos une algo. En cierta manera nos tocó compartir un momento de definición en nuestra construcción como individuos, y quizá eso sea lo que hoy parece nos liga.

Sea lo que sea, sentí que hablaba con mi alma gemela. Y esa alma gemela que año atrás era una niña, hoy me dio un par de lecciones que más me valdría tomarme en serio.

Vino después la oportunidad de poner en práctica un poco de lo que habíamos hablado. Y quizá producto del mismo nerviosismo, dejé ir la oportunidad de poner las cosas un poco más en claro. Me dejé llevar por la inercia, me resití dolorosamente a enfrentar una realidad que he venido arrastrando largamente. Y con ello no hice, creo, sino prolongar el dolor.

Vale, no digo nada, lo sé. Es solo que estoy lleno de ideas, preguntas, miedos, deseos... Qué ganas de dormir tres días y resuscitar con un poco de claridad y un mucho de voluntad. Al final es eso lo que se requiere.

Mientras tanto, me conformo con llorar libremente un rato.

jueves, 21 de julio de 2011

Deseo

¿Acaso este corazón no sabe vivir sin desearte?

Hablo de ti, que como sabes, eres todas y ninguna a la vez. Quisiera decirlo una vez más, con contundencia, porque a veces creo que si los demás creen que eres una y solo una, es porque yo mismo no lo termino de tener muy claro.

Pero el solo decirlo ahora me reitera que el asunto es perfectamente transparente para mí. Quizá no me explico cómo es posible o en dónde se origina, pero es evidente que cuando hablo de ti hablo de una entidad casi universal: eres ese alguien posible, esa otra parte de mí que puede cambiar de rostro pero que siempre termina siendo la fuente del deseo que orienta mis pasos.

Un deseo, cabe decir, insaciable. Porque mientras más cerca te siento más quiero alejarme. Porque las veces que he podido materializar mis ganas de poseerte, las cosas no han terminado muy bien. Y es entonces cuando el rostro que tenías termina mutando. Hoy eres una y mañana, lo sé, podrás ser otra. Aunque en el fondo, nunca eres más de una decena. Al menos en los últimos 5 lustros, el número de tus rostros no ha alcanzado las dos cifras.

Pero creo que me he alejado de lo que intentaba decir al inicio. Esa incapacidad de mi corazón para renunciar al deseo. Y al mismo tiempo su torpeza para concretarlo. O su temor. Porque a lo largo de los años estas fibras han desarrollado un peculiar instinto que les lleva a huir cuando ven cerca la consumación del más tímido de los besos. Porque saben lo que viene después. Y saben que son demasiado frágiles como para soportar las sacudidas de cada nueva despedida.

Quedo así, condenado al deseo. Pero no quiero sonar pesimista, como siempre. Y es que nunca es esa mi intención. El problema es que el mundo tiende a asociar esta melancolía con sufrimiento. Y no es así. Quizá la nostalgia que me domina no sea sinónimo de euforia, pero el azul que me acompaña es suficientemente bello como para no orillarme a renunciar al mundo. Por el contrario, este deseo que a ratos me atormenta, la mayor parte del tiempo me mueve a seguir.

Quizá porque en el fondo el corazón no ha renunciado y sigue tramando el plan último: ese en el que conseguirá unir todos tus rostros y consumar el deseo en una apoteósica orgía de almas errantes.

jueves, 14 de julio de 2011

Pensando en ti...

Qué manera de complicarse la existencia. Tan fácil que sería jugar el juego que domina a mi alrededor. Pero no, están esos imperativos morales que salieron de quién sabe dónde y se cultivaron con permiso de quién sabe quién.

He pensado tanto en ellas. Sí, ellas.

En ti, que hace un año te metiste en mi piel y te adueñaste absurdamente de mis sentidos, que supiste colarte por cada una de mis venas cuando yo creí que empezaba un juego que me ayudaría a dejar atrás un pasado que nunca logré compender.

En ti que eres desde hace tantos años parte de mí y que irremediablemente eres parte de cuanto imagino, que a lo largo de años has sido las dos caras de una moneda que no puedo sino aceptar como parte de mi historia. En ti que ya no sé si te quiero o simplemente te asumo como parte constitutiva de un yo que hace años me inventé.

En ti que desde hace tanto tiempo mueves sin saberlo los hilos fundamentales de mi historia; tú que fuiste el detonador de decisiones completamente irracionales e hiciste, sin saberlo, posible el yo que hoy camina y construye. Tú que no sabes lo que ha sido para mí. Tú que no imaginas ni por casualidad la mínima parte de lo que representas en mi biografía.

En ti que fuiste mi alma gemela hace tantos años y hoy has reaparecido en el escenario, al menos desde lejos, pero presente en mi nueva circunstancia. Tú que me enseñaste lo que era ser alguien para alguien. Tú que me regalaste palabras poderosas e inspiraste las primeras palabras que me atreví a compartir con alguien.

En ti que apenas hace unos meses apareciste en mi vida, tú que aún no tienes rostro ni voz. Tú que hoy eres solo palabras. Y qué palabras.

En ti que me acariciaste el alma cuando arrojé una llanta de salvación en medio de la nada. Tú que has respondido siempre a mis llamados desesperados y has lanzado también llamados a los que me he atrevido a responder desde mis silencios.

En ellas. En todas. Ahogándome en esta soledad que no hace sino recordarme lo débil que soy. Lo inútil que es pensarlas a todas cuando mi voluntad es tan frágil que ni siquiera me atrevo a escribir sus nombres.

lunes, 14 de febrero de 2011

Hubiera...

En cierto modo, creo que pasar esta noche solo es una de las mejores maneras de celebrar un día que nunca me ha simpatizado mucho. Me divierte la idea de pasarlo encerrado un rato, imaginando modos alternativos de festejarlo. Imaginar cómo sería celebrarlo si A no estuviera lejos. O cómo hubiese sido llegar a este día a lado de B. O qué hubiera pasado si hace tanto hubiera tenido los cojones para decirle a C lo que sentía. O cómo podría ser escribirle a D, o a E.

Y pensando en todas ellas me emociono. Y luego hay quien dice que el hubiera no existe.