domingo, 31 de julio de 2011

Qué ganas de refugiarme en mi túnel. ¿Acaso existe?

¿Qué hice? ¿Qué movimientos provoqué con las acciones de este fin de semana?

No lo habría anticipado. No tengo claro qué me movió, solo sé que hoy las cosas se han vuelto mucho más confusas. Si ayer había algunas dudas en mi cabeza, hoy es un hervidero de interrogantes.

Demasiadas cosas. Unas ganas inmensas de llorar. Tantas lágrimas contenidas.

La magia y la incertidumbre se cruzan y me quedo paralizado.

Por un lado, agradecido. El diálogo desde el presente con una pieza importante de un pasado que hoy parece tan remoto, resultó poderoso.

A decir verdad, creo que me comporté torpemente, como adolescente. ¡Dios, en verdad estaba nervioso! A pesar de que ella lo hizo tan fácil. Logramos encontrar una forma de fluir y comprendí que realmente nos une algo. En cierta manera nos tocó compartir un momento de definición en nuestra construcción como individuos, y quizá eso sea lo que hoy parece nos liga.

Sea lo que sea, sentí que hablaba con mi alma gemela. Y esa alma gemela que año atrás era una niña, hoy me dio un par de lecciones que más me valdría tomarme en serio.

Vino después la oportunidad de poner en práctica un poco de lo que habíamos hablado. Y quizá producto del mismo nerviosismo, dejé ir la oportunidad de poner las cosas un poco más en claro. Me dejé llevar por la inercia, me resití dolorosamente a enfrentar una realidad que he venido arrastrando largamente. Y con ello no hice, creo, sino prolongar el dolor.

Vale, no digo nada, lo sé. Es solo que estoy lleno de ideas, preguntas, miedos, deseos... Qué ganas de dormir tres días y resuscitar con un poco de claridad y un mucho de voluntad. Al final es eso lo que se requiere.

Mientras tanto, me conformo con llorar libremente un rato.

jueves, 21 de julio de 2011

Deseo

¿Acaso este corazón no sabe vivir sin desearte?

Hablo de ti, que como sabes, eres todas y ninguna a la vez. Quisiera decirlo una vez más, con contundencia, porque a veces creo que si los demás creen que eres una y solo una, es porque yo mismo no lo termino de tener muy claro.

Pero el solo decirlo ahora me reitera que el asunto es perfectamente transparente para mí. Quizá no me explico cómo es posible o en dónde se origina, pero es evidente que cuando hablo de ti hablo de una entidad casi universal: eres ese alguien posible, esa otra parte de mí que puede cambiar de rostro pero que siempre termina siendo la fuente del deseo que orienta mis pasos.

Un deseo, cabe decir, insaciable. Porque mientras más cerca te siento más quiero alejarme. Porque las veces que he podido materializar mis ganas de poseerte, las cosas no han terminado muy bien. Y es entonces cuando el rostro que tenías termina mutando. Hoy eres una y mañana, lo sé, podrás ser otra. Aunque en el fondo, nunca eres más de una decena. Al menos en los últimos 5 lustros, el número de tus rostros no ha alcanzado las dos cifras.

Pero creo que me he alejado de lo que intentaba decir al inicio. Esa incapacidad de mi corazón para renunciar al deseo. Y al mismo tiempo su torpeza para concretarlo. O su temor. Porque a lo largo de los años estas fibras han desarrollado un peculiar instinto que les lleva a huir cuando ven cerca la consumación del más tímido de los besos. Porque saben lo que viene después. Y saben que son demasiado frágiles como para soportar las sacudidas de cada nueva despedida.

Quedo así, condenado al deseo. Pero no quiero sonar pesimista, como siempre. Y es que nunca es esa mi intención. El problema es que el mundo tiende a asociar esta melancolía con sufrimiento. Y no es así. Quizá la nostalgia que me domina no sea sinónimo de euforia, pero el azul que me acompaña es suficientemente bello como para no orillarme a renunciar al mundo. Por el contrario, este deseo que a ratos me atormenta, la mayor parte del tiempo me mueve a seguir.

Quizá porque en el fondo el corazón no ha renunciado y sigue tramando el plan último: ese en el que conseguirá unir todos tus rostros y consumar el deseo en una apoteósica orgía de almas errantes.

jueves, 14 de julio de 2011

Pensando en ti...

Qué manera de complicarse la existencia. Tan fácil que sería jugar el juego que domina a mi alrededor. Pero no, están esos imperativos morales que salieron de quién sabe dónde y se cultivaron con permiso de quién sabe quién.

He pensado tanto en ellas. Sí, ellas.

En ti, que hace un año te metiste en mi piel y te adueñaste absurdamente de mis sentidos, que supiste colarte por cada una de mis venas cuando yo creí que empezaba un juego que me ayudaría a dejar atrás un pasado que nunca logré compender.

En ti que eres desde hace tantos años parte de mí y que irremediablemente eres parte de cuanto imagino, que a lo largo de años has sido las dos caras de una moneda que no puedo sino aceptar como parte de mi historia. En ti que ya no sé si te quiero o simplemente te asumo como parte constitutiva de un yo que hace años me inventé.

En ti que desde hace tanto tiempo mueves sin saberlo los hilos fundamentales de mi historia; tú que fuiste el detonador de decisiones completamente irracionales e hiciste, sin saberlo, posible el yo que hoy camina y construye. Tú que no sabes lo que ha sido para mí. Tú que no imaginas ni por casualidad la mínima parte de lo que representas en mi biografía.

En ti que fuiste mi alma gemela hace tantos años y hoy has reaparecido en el escenario, al menos desde lejos, pero presente en mi nueva circunstancia. Tú que me enseñaste lo que era ser alguien para alguien. Tú que me regalaste palabras poderosas e inspiraste las primeras palabras que me atreví a compartir con alguien.

En ti que apenas hace unos meses apareciste en mi vida, tú que aún no tienes rostro ni voz. Tú que hoy eres solo palabras. Y qué palabras.

En ti que me acariciaste el alma cuando arrojé una llanta de salvación en medio de la nada. Tú que has respondido siempre a mis llamados desesperados y has lanzado también llamados a los que me he atrevido a responder desde mis silencios.

En ellas. En todas. Ahogándome en esta soledad que no hace sino recordarme lo débil que soy. Lo inútil que es pensarlas a todas cuando mi voluntad es tan frágil que ni siquiera me atrevo a escribir sus nombres.