miércoles, 27 de enero de 2010

Quote

«Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!

¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

[...]

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.»

Oliverio Girondo

martes, 26 de enero de 2010

Cordura

No es la primera vez que lo diré. Y probablemente no será la última. Es simple: temo por mi cordura. No es que me reconozca ordinariamente cuerdo, pero en lo general mi locura es capaz de convivir con la del resto de las personas. Sin embargo, hoy temo porque llevo mucho tiempo en el borde, sabiendo que en cualquier momento podría perderme sin remedio. Desprenderme de la realidad. A veces lo deseo intensamente. Pero sobreviven aún elementos que me atan a la burda y agobiante realidad. No son cosas malas, por el contrario. Pero quisiera aislarlas. Sobrevivir sólo con ellas y abandonar el resto. Desprenderme de lo que innecesariamente he acumulado en más de tres décadas. Hoy reconozco que la lógica se ausenta de mi razonamiento cada vez por periodos más prolongados. Temo que un día termine por no regresar. Y me deje aquí. En medio de todo y de nada. Sin saber qué diablos hago en medio de tanto caos. Temo por mi cordura. Y por el que soy si la pierdo por completo.

lunes, 25 de enero de 2010

Fui y vine

Fui y vine. Fui cargado de esperanzas. De ingenuas esperanzas. (La expresión me parece incluso redundante: con el tiempo descubro que las esperanzas son, por definición, ingenuas.) Vine lleno de realidad. De un trozo de realidad. Y ya habrás de suponer que esperanza y realidad no son buenas compañeras.

Fui y vine. Fui creyendo que sería capaz de replantearme la historia. Imaginando que podría encontrarle alguna salida al laberinto en el que vine a caer hace tanto. (¿O será el laberinto en el que nací?) Vine sin lograr entender cómo o por qué esto parece no dar para más. Vine con las heridas que deja enfrentarse uno con sus fantasmas y descubrir que golpean más duro de lo que uno había anticipado.

Aquí estoy. Incapaz de imaginar el siguiente paso. Sin brújula. Sin mapa. Sin ganas, nada más.

miércoles, 20 de enero de 2010

Ya he encontrado un segundo refugio para estos días en el destierro: mi coche. El problema es que uno no puede pasar mucho tiempo encerrado en él sin detonar suspicacias incómodas. Y como aquí los traslados son cosa de minutos, es poco el tiempo que puedo invertir en él. Pero en serio: es sólo cuestión de subirme al coche y desatar aquí dentro el remolino de emociones que casi en automático me pongo a llorar.

Ahora mismo estoy llegando de pasar un rato en el coche y una hora en el otro refugio —el Starbucks—. Y recién consigo poner en blanco y negro lo que me pasa. Empiezo a ponerle nombre al maldito miedo, a la inseguridad, a la falta de valor. Descubro lo que me tiene flotando en el inmenso vacío. Pero no doy el siguiente paso. No convierto estos hallazgos en acciones. Me quedo en la nada. Recriminándome por ser tan débil. Dispuesto a conseguir fuerzas de alguna parte. Me lo debo.

Quote

«Here was an irony of our continental separation (undertaken, remember, in the hope of clarification): it had made things less clear than ever. By and large, we separators suceded only in separating our feelings from any meaning we could give them.» Joseph O'Neill, Netherland.

martes, 19 de enero de 2010


De un tiempo para acá todo se reduce a una absoluta falta de voluntad. Me descubro cada día más pesado. Los movimientos resultan cada día más difíciles, más lentos, más sin sentido. Y me paralizo. Empiezo a encontrar el mundo cada mañana más absurdo. Renacen sensaciones que habían pasado muchos años marginadas en algún rincón de la conciencia. Y reaparecen con ímpetus renovados. Exploro el silencio en busca de alguna respuesta. Pero el silencio siempre responde evaisvo. La cuestión es simple: estoy fastidiado de esto que me he construido durante años y sigo perdido en mis intentos por dar marcha atrás. Confieso que alcanzo a ver ya ciertas luces. Encuentro una dirección. Pero, como diría el Principito, este cuerpo es muy pesado. No pienso abandonarlo, no. Es sólo que estoy cansado. Me toca esperar. Solo unos meses, quizá. Y en ese periodo quisiera reconciliar mi yo-digital con mi yo-analógico. Y armonizar a todos los que hay dentro de cada uno de ambos. En el fondo, lo que estoy diciendo es que quisiera ser uno. Coherente, congruente, consistente. Menos temeroso de todo. En eso estoy. Dando lentamente algunos pasos. Aquí sigo.

jueves, 14 de enero de 2010

Y hoy no he parado de pensar en ti. En mis ganas locas de escribirte algo. De contarte cómo me siento. Escuchaba esta mañana los inocentes textos e intentos de poesía de mis alumnos, ya sabes, esos sentimientos adolescentes que uno abandona en el baúl de los olvidos. Los escuchaba y recuperaba mi necesidad de escribirte algo.

Ando disperso. Y no anoté mucho más. Tampoco vine aquí a transferir textos o a intentar seguir con la confesión o la puesta al día que pretendía al cerrar la libreta hace unas horas. No he podido. Pero tengo que encontrar un espacio tarde o temprano. El tiempo corre y ciertos plazos son inaplazables.

martes, 12 de enero de 2010

Estoy en Starbucks, este extraño espacio que —jamás lo hubiera imaginado— se está convirtiendo en cálido testigo de mi soledad en esta ciudad. Sentarme aquí se está convirtiendo en mi primer rutina auténtica después de varios meses.

De pronto, sentado aquí, empiezo a recordar. En un lugar así se gestaba hace cuatro años una de las aventuras que me permiten estar aquí y ahora. Me pongo a tejer una de esas infinitas historias de "si no hubiera hecho tal cosa, entonces no hubiera sucedido esta otra..."

¿Por qué me siento seguro en este café? Quizá porque es un lugar de esos sin tiempo ni espacio. Iguales todos donde sea y cuando sea. Desde éste, mi mente viaja a otro, igual, pero a cuatrocientos kilómetros de distancia y cuatro años atrás.

lunes, 11 de enero de 2010

Es probable que aún no haya nadie del otro lado. Que este túnel sea aún demasiado estrecho y, por el momento, me encuentre solo. Es muy pronto. Y, a final de cuentas, no está en la posible compañía la razón de este intento. Pero vaya que eso ayudaría a encontrarle un sentido adicional. Porque en lo que a mí me toca, estoy con poco ánimo para cualquier cosa. Me veo obligado a reconocer que estoy en cierta medida enfermo. Me cuesta trabajo levantar la mirada. Pero debo ponerme el antifaz y prepararme para el papel del que soy ahí afuera.

Para no dejar esta entrada vacía, diré que hoy terminé de leer un libro que tardaré en superar. ¿Cómo es que ciertas lecturas se cruzan así en nuestro camino? ¡Espera! ¡No pienses que soy un gran lector! Ayer citaba a Dickens, hoy hablo nuevamente de libros. Sí, me gusta leer. Pero estoy lejos de ser el lector experto que la gente cree que hay detrás de mis gafas. Quizá a ello se deba que me entusiasme fácilmente, a la menor provocación. Cuando uno no sabe mucho, tiene la ventaja de dejarse seducir sin muchas dificultades.

Decía que no ando bien. Quizá por eso me pesan las manos. Quizá porque parte de mí no quiere que cuente demasiado, y nota que empiezo a arriesgarme. Me daré tiempo. En una de esas la pausa sirve para que llegue un primer acompañante para esta nueva travesía.

domingo, 10 de enero de 2010

Entrando en el túnel

«I'm not going to tell the story the way it happened. I'm going to tell it the way I remember it.» Ésta es la advertencia de Finn antes de hacer su relato en Great Expetations, versión fílmica de Alfosno Cuarón a la historia de Charles Dickens. Ambas —película y novela— me fascinan. En particular, la película es una de mis favoritas, esas que puedo ver una y otra vez, como siempre como si fuese la primera vez. Quizá por ello me atrajo la idea de usar esta frase para comenzar mi propio relato, por ponerle un nombre a esto.

Podría parecer más sensato —más lógico, más razonable— usar esta primer entrega para justificar la elección del título. Pero prefiero dejar eso —si sucede— para más adelante. Intento, en cambio, hacer un primer acercamiento a las intenciones detrás de este ejercicio. No soy del todo nuevo en el lenguaje de este medio. Tampoco es que sea un veterano o un pionero, pero sí puedo decir que por más de un par de años he explorado la llamada Web 2.0 desde distintos frentes y con distintos resultados. Pero debo confesar que después de tales aporximaciones —todas ellas vigentes, por cierto— descubro que no consigo ser yo quien está detrás de esos rostros.

Al menos no en el presente.

Reconozco que hubo un tiempo en que resultaba más sencillo ser yo al publicar y lanzar mis locuras al universo de ceros y unos. Pero de unos meses para acá, algunas inconsistencias —inconscientes en general— empiezan a traicionarme. Termino dejando de ser yo en uno y en otro mundo. De pronto no estoy seguro de mi propia identidad.

Sí, reconozco que el conflicto no es del todo nuevo. Me leo escribiendo esto y de inmediato vuelvo a reconocerme. Soy el que durante años ha intentado dejar cierto rastro verbal de su lectura sobre un mundo que resulta en general incomprensible. Quizá el descubrimiento que estas redes me hayan traído fue la posibilidad de ponerlo en común con otros. Y al hacerlo, reconocerme como real.

A lo largo de varios meses he venido acumulando un sinfín de ideas que esperan ser puestas en palabras. Me propongo aquí recuperar a ratos algo del pasado y empezar a llevar un registro del presente. Consciente del riesgo de que un día, nuevamente, los mundo en que transito coincidan. Pero con la esperanza de que, llegado ese momento, seré —¡por fin!— capaz de permitir su coexistencia.