Fui y vine. Fui cargado de esperanzas. De ingenuas esperanzas. (La expresión me parece incluso redundante: con el tiempo descubro que las esperanzas son, por definición, ingenuas.) Vine lleno de realidad. De un trozo de realidad. Y ya habrás de suponer que esperanza y realidad no son buenas compañeras.
Fui y vine. Fui creyendo que sería capaz de replantearme la historia. Imaginando que podría encontrarle alguna salida al laberinto en el que vine a caer hace tanto. (¿O será el laberinto en el que nací?) Vine sin lograr entender cómo o por qué esto parece no dar para más. Vine con las heridas que deja enfrentarse uno con sus fantasmas y descubrir que golpean más duro de lo que uno había anticipado.
Aquí estoy. Incapaz de imaginar el siguiente paso. Sin brújula. Sin mapa. Sin ganas, nada más.
lunes, 25 de enero de 2010
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