Cuesta trabajo reconocerlo, pero más vale que así sea: la vida poco tiene que ver con esas ideas ingenuas que nos alimentan el cerebro desde pequeños. Cierto, quizá este razonamiento no aplique para todos. Lo que es falso, me parece evidente, es esa infantil idea de homogeneidad en las posibilidades que tenemos de alcanzar cierto tipo de felicidad: hay realidades que de origen están negadas a algunos, por más que duela reconocerlo. Y quizá está bien que así sea. Pero cuando se está de lado de ciertas minorías, es difícil aceptar esa realidad.
Sé que estoy siendo más críptico que de costumbre. Estoy un poco hecho bolas en mi cabeza. Quisiera hallar la manera de expresar con claridad lo que estoy sintiendo. Pero solo alcanzo a decir que tengo el alma muy apachurrada. Y duele.
viernes, 30 de abril de 2010
lunes, 26 de abril de 2010
Me enoja tanto conmigo mismo estar en esta condición. Me enfurece mi debilidad, mi falta de fuerza. Aquí adentro lo tengo claro: no más, quiero detener todo y desaparecer un rato. Renunciar a este mundo mientras logro encontrarme. No creo que resulte sano para mí ni para lo que me rodea seguir fingiendo que todo está bien. Pero no logro hacerme de la fuerza suficiente para enfrentarme a eso que me rodea.
Lo he dicho antes y lo reitero. Estoy muy cansado. De pronto he perdido la fe en mí mismo. Me he quedado sin ganas de nada. Y ahí sigo, con mi cara de todo está bien. Pero creo que es necesario reconocer que esto ya resulta dañino. Que no gano nada. Que nadie alrededor gana nada conmigo en este estado. Y quisiera que fuese algo que pudiera remediarse con un poco de charla, con un abrazo, con una palmada en la espalda. No. No es tan sencillo. Necesito desaparecer. No digo que para siempre, pero sí por un rato.
No me siento capaz de seguir enfrentando el día a día. Y no encuentro la forma de decirlo con claridad. No consigo hacerle frente al mundo. Y entonces me hundo más. Fingiendo solo he conseguido que salir del agujero sea más difícil a cada minuto. Pero, ¿cómo hacer para acabar con esto? No tengo la fuerza.
Lo he dicho antes y lo reitero. Estoy muy cansado. De pronto he perdido la fe en mí mismo. Me he quedado sin ganas de nada. Y ahí sigo, con mi cara de todo está bien. Pero creo que es necesario reconocer que esto ya resulta dañino. Que no gano nada. Que nadie alrededor gana nada conmigo en este estado. Y quisiera que fuese algo que pudiera remediarse con un poco de charla, con un abrazo, con una palmada en la espalda. No. No es tan sencillo. Necesito desaparecer. No digo que para siempre, pero sí por un rato.
No me siento capaz de seguir enfrentando el día a día. Y no encuentro la forma de decirlo con claridad. No consigo hacerle frente al mundo. Y entonces me hundo más. Fingiendo solo he conseguido que salir del agujero sea más difícil a cada minuto. Pero, ¿cómo hacer para acabar con esto? No tengo la fuerza.
martes, 20 de abril de 2010
Este túnel oscuro y solitario...
El título de este blog nunca resultó tan pertinente. O quizá sea lo contrario. Quizá siempre lo ha sido y los días recientes sólo confirman lo acertada que fue mi decisión al recurrir a la idea del túnel para nombrar esta libreta.
Me parece que hasta ahora no he aclarado del todo el origen de esto de hablar "desde mi túnel". La referencia viene de una de mis novelas favoritas (quizá por diversas razones mi novela favorita): El túnel, de Ernesto Sabato.
La frase que da sentido al título del libro y que me ayuda a señalar el sentido que tiene el nombre de esta bitácora, aparece casi al final de la narración de Juan Pablo Castel, protagonista de la novela. Pero aparece también al inicio, como una suerte de epígrafe anónimo...
«...en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío...»
La frase sigue. Y quizá para entenderla con claridad sea necesario conocer la novela y revisar nuevamente el contexto en que aparece la expresión. Y no sé si convenga vender más trama. (Y mira que es un libro del cual es difícil vender trama, pues el narrador empieza confesando en su primera frase el crimen/conflicto de la historia.)
El caso es que hay días como hoy en que la idea de ese túnel oscuro y solitario no acepta contradicción. Y me preocupo por mi cordura un poco más que de costumbre.
Me parece que hasta ahora no he aclarado del todo el origen de esto de hablar "desde mi túnel". La referencia viene de una de mis novelas favoritas (quizá por diversas razones mi novela favorita): El túnel, de Ernesto Sabato.
La frase que da sentido al título del libro y que me ayuda a señalar el sentido que tiene el nombre de esta bitácora, aparece casi al final de la narración de Juan Pablo Castel, protagonista de la novela. Pero aparece también al inicio, como una suerte de epígrafe anónimo...
«...en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío...»
La frase sigue. Y quizá para entenderla con claridad sea necesario conocer la novela y revisar nuevamente el contexto en que aparece la expresión. Y no sé si convenga vender más trama. (Y mira que es un libro del cual es difícil vender trama, pues el narrador empieza confesando en su primera frase el crimen/conflicto de la historia.)
El caso es que hay días como hoy en que la idea de ese túnel oscuro y solitario no acepta contradicción. Y me preocupo por mi cordura un poco más que de costumbre.
domingo, 11 de abril de 2010
... y de pronto me he puesto a llorar. Así, sin más. Sin que se anticipara. Sin que algo concreto lo haya provocado. Después de días y días conteniendo. Después de creer que me había quedado sin lágrimas. Aquí estoy, llorando. Y nada más sentir las lágrimas corriendo por las mejillas he corrido a refugiarme aquí. Abrí esto y me pongo a escribir.
El llanto se contiene un momento. No cesa, pero disminuye su intensidad.
Pausa. Y mientras hago una pausa de cinco segundos el llanto regresa. Como si escribir esto, que no dice nada, alcanzara para cerrarle la llave. Y quiero seguir llorando porque está claro que me hace falta. Pero también quiero seguir escribiendo, que llevo un buen rato también conteniendo las palabras.
Otra pausa. Esta vez diez segundos. Parece que el llanto va ganando la partida. Seguro es más necesario. Ha sido más lo que se ha acumulado en los ojos que en las manos. Así que no diré mucho más. Diré solo que estoy muy cansado. Que quisiera detenerlo todo. Pero ese todo no me hace caso. Y se viene encima. Me asfixa. Y quisiera renunciar. A todo. Abortar esta misión Tierra. Nunca la he entendido. Y no sé si quiero seguirla. Estoy cansado. Lo siento. Quizá solo necesito irme un rato a dejar que este llanto corra. Estoy cansado.
El llanto se contiene un momento. No cesa, pero disminuye su intensidad.
Pausa. Y mientras hago una pausa de cinco segundos el llanto regresa. Como si escribir esto, que no dice nada, alcanzara para cerrarle la llave. Y quiero seguir llorando porque está claro que me hace falta. Pero también quiero seguir escribiendo, que llevo un buen rato también conteniendo las palabras.
Otra pausa. Esta vez diez segundos. Parece que el llanto va ganando la partida. Seguro es más necesario. Ha sido más lo que se ha acumulado en los ojos que en las manos. Así que no diré mucho más. Diré solo que estoy muy cansado. Que quisiera detenerlo todo. Pero ese todo no me hace caso. Y se viene encima. Me asfixa. Y quisiera renunciar. A todo. Abortar esta misión Tierra. Nunca la he entendido. Y no sé si quiero seguirla. Estoy cansado. Lo siento. Quizá solo necesito irme un rato a dejar que este llanto corra. Estoy cansado.
sábado, 10 de abril de 2010
Cartas
Estoy de vuelta. Nuevamente aquí, en este lugar que no logro entender del todo pero que constituye mi mundo. Hace un rato estuve en casa de mis papás y, no sé bien cómo, terminé buscando unos papeles viejos en un cajón donde un sinfín de papeles llevan años esperando mi aparición para ser desechados. Hoy no fue el día: por el contrario. Se trata de un cajón lleno de cartas. Cartas e impresiones de correos electrónicos. Los más recientes están cumpliendo diez años. De ahí para atrás. Sobre todo 5 años de mi vida: de 1994 a 1999. Hay más. Hay cartas de los días anteriores al error de diciembre, pero ya no me atreví a profundizar en ellos. Me quedé atrapado leyendo cartas que recibí en los años de la universidad. Y algunas impresiones de correos que yo envié y que, por alguna razón, imprimí como loco seguamente a finales del siglo.
Los textos no estaban en ningún orden, así que la resurrección de emociones fue caótica. Y sobre todo intensa. El corazón se me llena de emociones contradictorias y poderosas. A ratos, como siempre, me desconozco. ¿Quién era el que recibía esas letras? ¿A qué respondían? ¿En qué momento me relacioné de tal o cual manera con determinadas personas?
Lo más complicado es que me leo y me echo de menos. Leo a ese chico que no terminaba de superar la adolesecencia ya entrado en sus veinte. (¿La habrá superado ya hoy, cerca de la mitad de sus treintas?)
En cuestión de un par de horas he estado reconstruyendo pedazos abandonados de mi historia. Y me pregunto dónde quedé. ¿En qué parte del camino renuncié a mí mismo? Me pregunto sobre todo por lo que no sucedió. Y es que esas cartas están llenas de posibilidades frustradas. Hechos que, invadidos por el miedo, nunca se concretaron. Pedazos. Fragmentos. Muchas semillas de futuros que nunca fueron.
¿Qué pasaría hoy si me atreviera a recolectar las piezas? Seguramente muchas, la mayoría, no tendrían ya ningún sentido. Además, recuperarlas significaría aparecerse en las vidas de quienes fueron parte de tan extravagantes intercambios epistolares. Y no creo tener derecho a venir hoy a meter ruido en sus vidas recuperando palabras que se deijeron hace, por lo menos, una década.
Pero no dejo de pensar en "qué hubiera pasado sí..."
Los textos no estaban en ningún orden, así que la resurrección de emociones fue caótica. Y sobre todo intensa. El corazón se me llena de emociones contradictorias y poderosas. A ratos, como siempre, me desconozco. ¿Quién era el que recibía esas letras? ¿A qué respondían? ¿En qué momento me relacioné de tal o cual manera con determinadas personas?
Lo más complicado es que me leo y me echo de menos. Leo a ese chico que no terminaba de superar la adolesecencia ya entrado en sus veinte. (¿La habrá superado ya hoy, cerca de la mitad de sus treintas?)
En cuestión de un par de horas he estado reconstruyendo pedazos abandonados de mi historia. Y me pregunto dónde quedé. ¿En qué parte del camino renuncié a mí mismo? Me pregunto sobre todo por lo que no sucedió. Y es que esas cartas están llenas de posibilidades frustradas. Hechos que, invadidos por el miedo, nunca se concretaron. Pedazos. Fragmentos. Muchas semillas de futuros que nunca fueron.
¿Qué pasaría hoy si me atreviera a recolectar las piezas? Seguramente muchas, la mayoría, no tendrían ya ningún sentido. Además, recuperarlas significaría aparecerse en las vidas de quienes fueron parte de tan extravagantes intercambios epistolares. Y no creo tener derecho a venir hoy a meter ruido en sus vidas recuperando palabras que se deijeron hace, por lo menos, una década.
Pero no dejo de pensar en "qué hubiera pasado sí..."
viernes, 2 de abril de 2010
DFW
A veces pienso que debería vivir en un aeropuerto. Es en estas ciudades posmodernas donde parece que mi cerebro funciona mejor. Hace un rato, mientras comía algo para acortar la larga espera de mi conexión, pensaba en una idea sugerida por Alessandro Baricco en Los bárbaros: para los mutantes de la nueva generación, el sentido no se encuentra profundizando en las cosas, sino en hacer de todo una estación de paso. Eso son los aeropuertos. No son puntos de arribo ni de llegada. Son sólo estaciones de paso. Y representan magníficamente la esencia de nuestro mundo. Y no es que estos lugares me gusten. No creo que esa sea la expresión adecuada. Es sólo que aquí —y a veces sólo aquí— me siento en casa.
Mientras escribía esto, inspirándome en anotaciones que hice hace unos minutos en una servilleta —ya sabes, esa manía de no olvidar, con eso de que ahora todo se me olvida—... decía que, mientras escribía esto, venían a mi mente imágenes de Up in the air, esa gran película reciente protagonizada por George Clooney. Quizá porque estoy en el aeropuerto DFW, sede de American Airlines; quizá porque estoy aquí en buena medida gracias a las millas acumuladas en los últimos tiempos; quizá porque mientras pasaba el filtro de seguridad evocaba esos procesos que simplifican semejante calvario... Quizá por todo eso o probablemente por nada en particular.
Mientras escribía esto, inspirándome en anotaciones que hice hace unos minutos en una servilleta —ya sabes, esa manía de no olvidar, con eso de que ahora todo se me olvida—... decía que, mientras escribía esto, venían a mi mente imágenes de Up in the air, esa gran película reciente protagonizada por George Clooney. Quizá porque estoy en el aeropuerto DFW, sede de American Airlines; quizá porque estoy aquí en buena medida gracias a las millas acumuladas en los últimos tiempos; quizá porque mientras pasaba el filtro de seguridad evocaba esos procesos que simplifican semejante calvario... Quizá por todo eso o probablemente por nada en particular.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)