miércoles, 20 de enero de 2010

Ya he encontrado un segundo refugio para estos días en el destierro: mi coche. El problema es que uno no puede pasar mucho tiempo encerrado en él sin detonar suspicacias incómodas. Y como aquí los traslados son cosa de minutos, es poco el tiempo que puedo invertir en él. Pero en serio: es sólo cuestión de subirme al coche y desatar aquí dentro el remolino de emociones que casi en automático me pongo a llorar.

Ahora mismo estoy llegando de pasar un rato en el coche y una hora en el otro refugio —el Starbucks—. Y recién consigo poner en blanco y negro lo que me pasa. Empiezo a ponerle nombre al maldito miedo, a la inseguridad, a la falta de valor. Descubro lo que me tiene flotando en el inmenso vacío. Pero no doy el siguiente paso. No convierto estos hallazgos en acciones. Me quedo en la nada. Recriminándome por ser tan débil. Dispuesto a conseguir fuerzas de alguna parte. Me lo debo.

No hay comentarios: