Es claro que la raíz del problema está en mi maldita soberbia. El desprecio que siento por casi todo lo que me rodea. A ratos consigo silenciarlo. Pero hay veces en que se revela (y se rebela) inevitable. Esos son los días en que más cuesta salir a dar la cara a un mundo que uno simplemente considera que no vale la pena.
El consuelo está en que eso no pasa a diario.
jueves, 4 de febrero de 2010
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